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Los lugartenientes de la campaña de George W. Bush ya la llaman “el arma
sigilosa” (“stealth weapon”), porque conservando la misma reserva, la misma
cautela que caracteriza su personalidad, comenzó a atraer al público, y sobre
todo al femenino, según publicó el diario británico “The Guardian”.
Laura Bush tiene hoy una sorprendente aprobación del 74% de la gente, según una
encuesta Gallup, muy lejos de su marido y del rival demócrata, el senador John
Kerry. Su carisma le ha permitido reunir la jugosa cifra de 10 millones de
dólares para la campaña gracias a los eventos donde participa.
Ella es sobria, tiene gracia, buenos modales, es linda: lo dice la gente. Como
Marlene Peterson, una mujer citada por el susodicho diario luego de un cónclave
en Marathon, un pueblo de Wisconsin: “Ella tiene clase de verdad”.
Marlene se abrió paso entre la multitud para saludar a la primera dama. Dijo que
daba un apretón de manos fuerte y que era “como un rayo de sol”.
Laura equilibra el discurso de su marido, considerado áspero e irritante. Como
cuando pidió no descorazonarse ante el aumento de muertes de soldados en Irak:
“Estos actos son recordatorios severos de por qué es tan importante nuestra
guerra para derrotar al terrorismo y construir sociedades libres en Medio
Oriente”. Palabras quizás similares a la de su marido, pero es su tono, su
postura; cuando está en las concentraciones no lanza besos al aire, no finge que
reconoce a un amigo entre la muchedumbre para darle un abrazo alaraco: típicas
tretas politiqueras.
Esta es una actitud que cautiva a un espectro de la sociedad estadounidense, la
más conservadora, claro, aunque se estima que también está conquistando a las
“mamás de seguridad” (“security moms”) -mujeres que prefieren un liderazgo duro
en tiempos de peligro- y que la perciben a ella como la correcta compañera de
fórmula, algo así como el matriarcado en las sombras.
Otra cosa que se le valora es su moderación, considerando que la Casa Blanca no
ha sido muy amable con las mujeres muy asertivas, como Hillary Clinton, a quien
se criticaba su excesiva implicación en los asuntos del gobierno; de hecho
cosechó un sonoro fracaso cuando quiso reformular los planes de asistencia
médica.
“Ella nunca se ha puesto delante del presidente. Lo apoya completamente. Y así
es como debe ser, porque el presidente es su esposo”, comentó Sue Becker tras
otro mitin de la campaña. En el hogar de los Bush, la
discusión marital es un concepto desconocido. "Tengo que pensar... Antes
peléabamos sobre cómo se cuelgan las toallas, pero ya no necesitamos eso en la
Casa Blanca", confesó Laura a la revista "GQ".
Lo más impactante que se le conoce es el ultimatum que le dio a su marido: "Jim
Beam o yo". Bush, de entonces 40 años, dejó el whisky inmediatamente.
Y es que Laura Bush, es una mujer de las "clásicas" que abandonó
su trabajo como bibliotecaria para criar a las mellizas Jenna y Barbara, ahora
de 22 años, y dedicarse por entero a su marido y a las obligaciones que comporta
ser la mujer de un hombre rico e hijo de un expresidente.
En las elecciones del 2000 Al Gore obtuvo el 54% de los votos femeninos, contra
el 43% de Bush. La tendencia parece indicar esta vez lo contrario, a pesar de
que las mujeres han sido tradicionalmente un buen baluarte de los demócratas.
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